Tin Hinam
Ha pasado tiempo.
Muchos días han corrido desde aquel que llegamos aquí. Los recuerdos de mi juventud, los horrores que contemplé, son espejismos que hoy en día apenas atormentan mi mente, y en este nuevo país, donde aprendí a ser realmente feliz, con mi esposo y mis hijos, también yo logré tener una nueva vida.
Cuando llegamos, esta tierra era un terreno baldío, silvestre, donde sólo habitaban, ocasionalmente, algunos nómadas. Nosotros la domesticamos, la transformamos para que fuera habitable. Educamos a los nómadas en todo lo que nosotros trajimos de nuestro antiguo país. Y, a la vez, también ellos nos enseñaron a conocer estas tierras, a aprovecharlas, y a respetarlas.
En estos hechos, no mediaron dioses, ni héroes, ni tampoco genios ni malos espíritus. Sólo el esfuerzo de los hombres, y las mujeres. Porque nosotras también podemos hacer progresar a los pueblos, si se nos deja, si no se nos priva de nuestro ingenio, ni de nuestra fuerza. No sólo los hombres tienen poder, ni saben usarlo. Muy de cerca sé, de hecho, que no todos los hombres saben utilizar el poder, ni son capaces de soportarlo.
Desde muy niña algo dentro de mí me impulsaba a rebelarme contra aquello, a no entender porque debía ser siempre permeable al deseo de mis padres, sobre qué hacer con mi vida. Y, aunque después de todo lo que pasó, yo no quería gobernar, sino ser el testigo del hundimiento de mi patria, para tratar de evitar aquello a lo que se la había condenado, el destino habló de otro modo, y me empujó hasta aquí.
Mucho ha pasado desde entonces. Algunas cosas que han podido endulzar el horror, y otras que han sumado pequeñas gotas de dolor y nostalgia. Porque pese a que aquí me he sentido respetada, admirada, y querida, en cualquier sentido de la palabra, no he podido olvidar lo que dejé atrás, lo que era, lo que conocí, y no volveré a ver.
¿Debo lamentarlo? No, debo recordarlo.
Construir lo que pueda en torno a lo que sé, para que cuando yo no esté, y sea mi hijo Hátum quien gobierne, sepa que aparte del gobierno de este pueblo, debe preservar un legado, que yo llevo en mi sangre, y que le he prestado a él. Dar a estas tierras un futuro, que esta vez el destino no pueda destruir.
Y de este modo el día en que me entre el último sueño, podré descansar, con la mente tranquila, sabiendo que he conseguido vencer la crueldad del tiempo y de algunos dioses, y que después de todo, el mal no siempre consigue sus propósitos.

Comentarios
Publicar un comentario