La primera lágrima
Buenas tardes a todos . Retomo este blog, y qué mejor manera de hacerlo que presentándoos el primer capítulo de mi próxima novela, a la que ya no le queda mucho para salir a la luz. Espero que os guste.
- - Merzakles, despierta
El aludido saltó del lecho donde yacía junto a
Ippolité, la reina de las amazzunas, después de una noche de embriaguez donde
había abundado el vino y el sexo. Miró en todas direcciones, clava en mano,
para tratar de averiguar donde se encontraba la voz que le había reclamado, con
un tono profundo e imperativo.
Recorrió con detenimiento cada rincón de la tienda de
su anfitriona, pero, al no descubrir a nadie, se relajó y pensó que debió
escuchar su nombre en sueños, y se había alarmado para nada. Ya se disponía a
volver al lecho cuando de nuevo escuchó esa voz solemne volver a dirigirse
hacia él:
- - Merzakles, soy yo, Palas, quien te
reclama. Escúchame con atención, pues tengo que darte una misión, Aquella que pueda,
por fin, librarte de tus pecados y convertirte en un hombre poderoso y libre.
El azinaiko escuchó, asombrado. Aquella voz, si no era
fruto de su embriaguez, era de la diosa que se decía que había protegido y
guiado sus pasos, no solo los de él en particular, sino también los de su
pueblo. Por eso, decidió presentarle sus respetos:
- - Mi señora, si realmente sois vos, la que
se digna a dirigirse a un villano y saqueador como yo, me otorgáis un favor muy
elevado e indigno de mí, pero estoy listo para realizar la misión que desee
ordenarme.
- - Sí, soy yo, la que te hablo, la que te
otorga el designio de culminar la venganza que planeé contra aquellos que
destruyeron Azinaika sin detenerse siquiera con mujeres, niños, ni templos
sagrados. Por ello, quiero que vuelvas a Iberia, y reclames el trono perdido, y
hagas que tus vasallos te admiren y adoren, alaben la grandeza del olivo y la
égida, y olviden al tridente del océano de Tarssis. Yo destruí la ciudad, tú
ahora debes acabar con su recuerdo.
Merzakles escuchó alarmado las palabras que la diosa
le decía, pues allí donde se había refugiado no habían llegado aún las noticias
de que la ciudad de la triple muralla que había dominado gran parte del mundo
hubiera sido eliminada de la forma que la diosa le narraba, pero si ella se lo
anunciaba así, debía ser inapelablemente cierto. Por otra parte, también estaba
complacido por lo que la divinidad le estaba ordenando, pues, sin duda alguna,
de todos los trabajos que se le habían encargado, y que todavía estaba
realizando, aquel suponía, sin duda, el que le resultaba más agradable de
llevar a cabo. Conseguir crear un reino para él, en una tierra rica en metales,
y con posibilidades de hacer buenos negocios, como era Iberia, le producía una
gran satisfacción. Pero, a la vez, le surgió el interrogante de si realmente su
misión sería tan sencilla como le parecía, y por eso le preguntó a la diosa:
- - Mi señora, me honra mucho que usted crea
que estoy capacitado para culminar lo que usted planeó, pero tengo algo que
preguntarle: La ciudad ya no existe, pero, ¿sobrevive de entre los Atlas
alguien que pueda interponerse en mi camino, que pueda obstaculizar mi deseo de
convertirme en rey en esta rica tierra?
Palas no tardó en responder con voz grave:
- - No existe ya, entre los Atlas altivos y
orgullosos, nadie que pueda interrumpir tu misión. Toda la familia ha sido
erradicada, y toda posibilidad de resurgimiento ha sido extirpada Solo queda
una, que está lejos, y nada puede hacer para estorbarte. Sabe que nada puede
contra el odio de una diosa, y que, si sus pies vuelven a pisar Iberia, la
maldición la golpeará a ella, como lo ha hecho al resto de los suyos. No, no
debes temer. Nadie se te enfrentará en nombre de los Atlas, aunque tu camino no
estará libre de desafíos.
El azinaiko suspiró aliviado, pues realmente no temía
a nada más que a los soberbios guerreros cubiertos de oricalco que los señores
de la ciudad triplemente amurallada podían convocar.
- - Si es así como me lo aseguráis, mi señora
del olivo, acepto con gusto la responsabilidad que me otorgáis. Y cumpliré con
ella como su más devoto servidor, en honor de nuestro pueblo. Y si acaso
fracasara, mi sacrificio sería completamente dichoso.
La diosa no volvió a dirigirse a él, señal que
Merzakles interpretó como una indicación de que debía partir ya. Por lo tanto, sin
hacer ruido para no despertar a Ippolité, que seguía profundamente dormida, le
robó el cinturón dorado con una gema en el centro, que la amazzuna había
arrojado al suelo en pleno frenesí alcohólico y sexual, y salió de la tienda
real, agazapado para no ser descubierto por las centinelas, y como un gato
furtivo, amparado por las sombras de la noche, logró salir del campamento sin
ser detectado, camino de su nueva misión. Aquella que tenía que ser por fin la
liberadora, la que acabaría con su condena, y repararía los crímenes que le
habían obligado a realizar toda aquella serie de trabajos sucios,
peligrosos, y desagradables.

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