Deiyanire

 Buenos días a todos. 

Os dejo como aperitivo uno de los capítulos de mi próxima novela "Lágrimas del Océano". Espero que os guste, os cree un poco de hype, y lo disfrutéis. Un saludo para todos, y todas. 


Pocos años después de que la Maldición destruyera la isla de Tarssis, y gran parte de las ciudades que se establecían en las costas del suroeste de Aspeiria, e incluso las de tierra adentro, a través del istmo que formaba el Gran Lago Salado que llegaba hasta las urbes de Bati y Sebefillia, dañando también estas, pero sin arruinarlas del todo, todo el territorio se vio sumido en un Caos terrible, en el que el descontrol se cebó sobre las poblaciones, y muchos habitantes se vieron obligados a emigrar para tratar de conservar lo poco que les quedaba.

La mayoría huyó de las regiones cercanas al mar, por miedo a que un nuevo “brazo de mar” irrumpiera y terminara por destruir sus posesiones, y a ellos mismos. En largas filas de emigrantes, para tratar de evitar los ataques de los bandoleros y asaltantes, que, una vez que ya no había guerreros de los Atlas que vigilaran los caminos (y que incluso, algunos de ellos, tras no tener ya pagador que mantuviese sus gastos, y no encontrar, entre las poblaciones supervivientes, a nadie que pudiera igualar los suministros que recibían de la mano de los señores de Tarssis, pasaron de ser protectores a engrosar el número de los bandidos), los emigrantes se dirigían a las ciudades del norte, las que se encontraban en las lindes de las montañas que llegaban hasta las riberas del sagrado rio Anna, donde, antes del Desastre, los tarsianos habían construido una serie de fortificaciones para protegerse de los ataques de los nómadas esteparios que se habían establecido al norte del cauce de este rio, tras la muerte de la última Gran Señora, Crisarea,  fortificaciones que, a la vez, hacían las funciones de templo y pozo para almacenar agua en tiempos de escasez de lluvias.

En una de ellas, que había sido casi abandonada por la guarnición que lo defendía, se había establecido un grupo de sacerdotes para celebrar en él ritos consagrados al Gran Señor del Mar, que, como deidad acuática, también tenía potestad sobre las aguas dulces, y la diosa Anna, señora del rio al que daba su nombre desde hacia muchas generaciones, era una de sus hijas.

El principal de aquellos sacerdotes era Aristón, un viejo religioso, delgado, con la piel curtida por los años, y de larga barba castaña, muy poblada de canas. A Aristón, al contrario que a muchos de su gremio, le gustaba tratar con los campesinos que poblaban las aldeas de los alrededores, e incluso no dudaba en tomar aprendices de entre los jóvenes que se acercaban a él, o entre los hijos e hijas que sus padres no podían mantener con sus recursos.

En aquel momento, el viejo sacerdote tenía a su cargo cuatro discípulos, dos muchachos, y dos muchachas, todos ellos inteligentes y rápidos a la hora de comprender, y realizar, todas sus enseñanzas, pero Aristón sentía debilidad por una de las chicas, delgada y pálida, y de largos rizos cobrizos, un tono de cabello que no era muy habitual entre los aspeirios, salvo entre los nómadas que habían ocupado el norte del territorio, pero, sin embargo, la familia de Deiyanire, que así se llamaba la muchacha, no pertenecía a ellos, y tampoco sabía explicar esa peculiaridad de su cabello, pues todos ellos eran de piel cetrina y de pelos oscuros, y su padre no dudaba de la fidelidad de su esposa, que jamás había salido de su poblado, y no había tenido la oportunidad de vivir una aventura con nadie que tuviera rasgos parecidos a su hija.

Con el tiempo, Aristón se dio cuenta de que aquellos rasgos tan peculiares debían obedecer, sin duda alguna, al designio de los dioses, que habían encomendado a aquella niña algún tipo de deber que, pese a sus esfuerzos, se le escapaba, y que el Gran Señor del Océano se resistía a revelar.

-        Acompáñame, hija mía – la dijo aquella mañana – tenemos que sacrificar a los terneros para el auspicio de la primavera. Los caudillos de los poblados del valle del Anna necesitan saber si los cultivos de este año serán prósperos, o deberán sumar la hambruna a la larga lista de catástrofes que vienen llegando a estas tierras desde que la Maldición la golpeó.

-        Por supuesto, maestro, yo los sostendré por las patas y el cuello, mientras usted le rebana la garganta y vierte la sangre sobre el recipiente, para examinarla vertiendo agua, como es la tradición.

Ambos se dirigieron al recinto del pozo, que ocupaba un lugar central en aquella estructura, cuyo diseño circular en varias fases resultaba algo desconcertante y laberíntico, en su intento por recrear la estructura urbanística que poseía Tarssis. Recorrieron los estrechos pasillos y empinadas escaleras de piedra labrada, y llegaron a donde los demás discípulos y sacerdotes ya habían reunido a los animales para el sacrificio. Estos les saludaron reverencialmente, y les abrieron paso hasta su puesto en el ritual.

Con ayuda de los otros discípulos, Aristón y Deiyanire colocaron al primer ternero, de color completamente blanco, con la cabeza sobre el borde del pozo, inmovilizándole para que no pudiera defenderse, ni herir a nadie en el proceso. El veterano sacerdote cumplió, de forma limpia y precisa, con su labor de ejecución, durante el cual la victima apenas tuvo tiempo de emitir un mugido lastimero. Después, antes de que la vena dejara de fluir, Deiyanire colocó el recipiente de cerámica roja sobre el chorro de sangre, que después batió, para a continuación ofrecérsela a su maestro para que vertiera sobre él un chorro del agua del pozo, y volvió más tarde a batir para mezclarla bien con la sangre del animal.

A continuación, Aristón, con una tibia de otro ternero sacrificado hacía mucho tiempo, removió bien el líquido, y observó con atención las ondas que producía. Con un gesto enigmático, se mesó la barba, y murmuró:

-        Humm, interesante. Veamos qué nos dice el ternero negro.

Los sacerdotes y sus discípulos repitieron entonces el sacrificio, pero con un animal de ese color, y tras examinarlo, el rostro de Aristón palideció de repente, e incluso llegó a sufrir un pequeño desmayo, que hubiera dado con él en el suelo si Deiyanire y otro compañero no le hubieran sostenido.

 Cuando se recuperó del impacto, gracias a que le refrescaron varias veces echándole pequeños baldes de agua sobre el rostro, el veterano sacerdote respondió con evasivas, diciendo que había sufrido un mareo repentino, pero que ya se encontraba bien, y agradeció a todos la ayuda que le habían dado.

Sin embargo, Deiyanire sabía que su maestro no estaba contando la verdad, y mientras volvían a su estancia, que hacía las veces de altar de ofrendas, donde se depositaban las astas de los terneros sacrificados, la muchacha le miraba inquisitiva a Aristón, pues algo le decía que lo que este había visto en la sangre consagrada era algo peligroso para el futuro de su tierra, y tal vez, por la forma como trataba de esquivarla, para ella misma.

Por fin, antes de que aquel día terminara, cuando ya estaban concluyendo todas las ceremonias, su maestro decidió contarla la verdad de lo que había ocurrido durante el sacrificio:

-        Mi niña – dijo con voz afectada – durante mucho tiempo, al igual que tus padres, me he preguntado cuál era el motivo por el que, siendo ellos claramente aspeirios en sus facciones y color de cabello y piel, tú eras más similar a los nómadas, o a aquellos que habitan en las costas del este del Verde. No había encontrado nunca ninguna razón clara, hasta que esta tarde el Señor del Mar y de las Aguas me lo ha revelado por fin, pero me hubiera gustado que esa razón fuera distinta de la que tengo que contarte, ahora que por fin he encontrado fuerzas para hacerlo.

Deiyanire se sobresaltó, alarmada por aquellas palabras, y acongojada, le preguntó:

-        ¿Y, cuál es esa razón, maestro? ¿Acaso mis facciones se deben a que me aguarda un destino funesto, y en mi sangre hay algo maligno que debe ser detenido de inmediato, y debo ser sacrificada a algún dios para conjurar ese mal, como hacían, hace mucho tiempo, los habitantes de las cavernas de las sierras cuando alguna enfermedad se apoderaba de sus clanes?

-        No, no, no es eso, no es eso… - afirmó Aristón en un tono más relajado – pero como maestro tuyo que soy, temo que la labor que el Señor de las Aguas quiere confiarte tal vez esté muy lejos de tus posibilidades, aunque sé que eres una joven inteligente, y capaz de superar pruebas que muchos otros no llegarían a comprender.

-        ¿Y qué misión es esa? ¿Qué espera de mí nuestro señor? – preguntó Deiyanire, calmada, y sorprendentemente animada.

-        No conozco todos los detalles, pues la voluntad del gran dios es siempre esquiva, pero por lo que se me ha revelado, debes abandonar este templo, y marchar hacia el sur, cerca de las minas, donde el antiguo primicio de la ciudad de los Atlas ha construido su propio poblado, que quiere convertir en reino. Debes ponerte en camino, y dirigirte a Túrdula, pues, y ponerte a su servicio. Lo demás no se me ha manifestado, pero creo que habrá una gran conmoción entre los reinos de Aspeiria, y tú jugarás un papel en su desenlace. La agitación que he sufrido, y que me ha llevado a caer como muerto, se ha producido por la tristeza de verme separado de alguien tan inteligente y eficaz como tú, y porque temo los peligros en que puedes verte envuelta, mi dulce niña.

Deiyanire sonrió conmovida, al escuchar las palabras de su maestro, y quiso abrazarlo, pero el respeto que debía haber entre un sacerdote y su discípulo se lo impidió. Trató de calmarle, con palabras que sentía realmente, pues, aunque era feliz en el templo con él, los demás sacerdotes, y los demás muchachos que tenía por amigos, sentía dentro de ella el deseo de vivir una aventura, fuera de sus muros, y aquella ocasión parecía la oportunidad idónea para vivirla.  

Créditos de la imagen: Diario de Jaén. 


-        No se preocupe por mí, si el gran dios quiere encargarme una misión, es porque piensa que puedo llevarla a cabo, y además, estoy segura de que él me protegerá durante el camino, así que no debe sufrir. Yo por mi parte, también sabré cuidarme, sé manejar un puñal, y cualquiera que quiera hacerme daño sabrá que no soy un pajarito indefenso. Confíe en mí, como ha hecho durante todo este tiempo, y le prometo que volveré sana y salva de aquello que el dios me encomiende, y volveré a su lado para seguir aprendiendo los ritos que le complacen. Así que tampoco piense que esto es una despedida, volverá a verme.

-         Espero que así sea, y que tu valentía te lleve a un buen futuro. Aunque tienes que estar preparada para conocer el mundo fuera de los muros de este templo, y de tu poblado. Te aconsejo que no dejes nunca de vigilar tus espaldas, y que vistas siempre tus ropajes de sacerdotisa. Aunque tras el Desastre todo ha cambiado, y hay mucha gente desesperada esperando una oportunidad para acabar con su miseria, aún se respeta algo a los sirvientes de las divinidades. Busca la compañía de los guerreros, allí donde estos aún tengan presencia, y no te fíes de cualquiera que, con una sonrisa amable, diga que quiere ayudarte, y quiera llevarte por caminos estrechos y desconocidos. Por lo demás, puedes irte con mi bendición, que nuestro señor y la sagrada Anna protejan tus pasos, y te guíen en los momentos más oscuros.

Una vez que se dijeron estas palabras, maestro y discípula cedieron a sus impulsos y se abrazaron afectuosamente, mientras que Deiyanire le agradecía de nuevo todas las atenciones que había tenido con ella. Casi una luna después, que la joven aprovechó para despedirse de sus amigos, y visitar a su familia, terminó de preparar su equipaje y marchó, por el antiguo camino que bajaba de la meseta, hasta las minas del Río de la Sangre, atravesando arriesgados pasos de montaña, donde grupos de asaltantes y bárbaros podían esconderse a la espera de alguna presa fácil. Por suerte para Deiyanire, antes de llegar a aquellos lugares, se cruzó con un grupo de guerreros que se dirigían hacia Túrdula para, como ella, ponerse al servicio de Turdeto, y la brindaron su protección a cambio de que ella escuchara sus pesares, y le dispensara la bendición del gran dios al que servía.

Sin embargo, pese a ello, el camino hasta su destino era largo y azaroso, y para cuando llegó a las puertas de la ciudad del antiguo primicio de los Atlas de Tarssis, se encontraba exhausta, hambrienta, pálida y algo enferma, y cuando por fin pudo entrar en ella, al borde del desmayo, tuvo que ser sostenida por varios de los centinelas que, sorprendidos de la proeza que la muchacha había realizado, cuando sus acompañantes se la contaron, la llevaron a los aposentos de los curanderos, donde por fin pudo descansar adecuadamente a la espera de que el veterano general la recibiera.


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